La Malinche, ¿patrona oficiosa de los intérpretes?

Como este blog está recién sacado del horno y andamos con los comienzos, me apetece remontarme en la historia y en el tiempo hasta llegar a los albores del siglo XVI a tierras mayas para traer aquí a una histórica compañera de profesión que desde siempre me ha fascinado, la Malinche. La primera vez que oí hablar de ella como intérprete fue de boca de Jesús Baigorri en una de las primeras clases suyas a las que tuve la suerte de asistir. No en vano Jesús es una autoridad en esto de la historia del gremio, como muchos saben.

Malinche

Lo que se conoce de este controvertido personaje es una amalgama de fuentes históricas, fábulas y construcciones que han ido modelando el mito hasta hoy. Ni tan siquiera está clara la historia de su nombre. Según algunas fuentes podría haber sido Malinalli, que a los españoles -parece ser que nuestra dudosa maestría de los idiomas data de lejos- debió sonarles a Marina, ya que así la bautizaron. A su vez los lugareños transformaron el nombre en Malintzin, que en una enésima vuelta de tuerca se transformó en Malinche a oídos castellanos. Nació en el seno de una familia noble mexica del actual estado de Veracruz, con lo que era hablante nativa de náhuatl. Tras la muerte de su padre siendo ella una niña, la madre decidió venderla o darla como esclava a unos comerciantes mayas y de ahí dio varios tumbos hasta caer bajo el poder del cacique Tabscoob.

En esta historia tenemos por otro lado a otro peso pesado de historia no menos atrayente y polémico, aunque sí más conocido: a Hernán Cortés. Resulta que después de su incursión cubana decidió seguir su búsqueda de oro por las costas de Yucatán, tocando tierra en primer lugar en la isla de Cozumel. Poco después de su llegada se enteró de la presencia de unos náufragos castellanos por esas tierras, Gonzalo Guerrero y Jerónimo de Aguilar, a quienes instó a que se unieran a su grupo. El primero, otro personaje cuya historia también daría para largo, declinó amablemente ya que estaba instaladísimo en tierras caribeñas y no parecía interesarle cambiar su familia, su casa y la posición que se había labrado, por una propuesta como la que Cortés le hacía, pero Jerónimo de Aguilar sí que se apuntó a la expedición y como había aprendido la lengua maya del lugar, sirvió en ese primer momento a Cortés como intérprete. El objetivo de estos hombres era como ya sabemos muy concreto, conseguir el tan ansiado oro a cualquier precio, y desde el comienzo de estas empresas conquistadoras la estrategia no iba mucho más allá de la guerra y la batalla, como la de Centla que los enfrentó a los maya-chontales liderados por su cacique Tabscoob. Ganaron los castellanos y el pueblo derrotado les entregó diversos obsequios, como una comitiva de veinte mujeres entre las cuales se encontraba la Malinche.

En un principio Hernán Cortes no reparó en el valor que tenía el regalo y la entregó a uno de sus capitanes. Pero pronto se dio cuenta de que hablaba náhuatl aparte de lenguas mayenses y ahí fue cuando comenzó su historia como intérprete, mediadora y en resumidas cuentas, protagonista de un proceso que cambiaría el rumbo del mundo, aunque su faceta que más ha trascendido es la de amante del conquistador. Los castellanos pusieron rumbo a las riquezas de la capital mexica trabando alianzas en su camino con totonacas en Cempoala y tlaxcaltecas. En estas alianzas y en las batallas que quedaban por venir estaba siempre la Malinche al lado de Cortés tal y como aparece en los códices de la época: a su lado susurrándole al oído lo que estaba ocurriendo en castellano, contándole lo que decían esas gentes, informándole sobre la cultura, los modos de pensar y de ser, ayudando a negociar y a persuadir. Es curioso el hecho de que en un primer momento, al no saber Mallinali castellano, era necesario seguir recurriendo a Jerónimo de Aguilar, estableciéndose una cadena en la que Cortés hablaba en castellano, Jerónimo de Aguilar le interpretaba a lengua maya y de ahí Mallinali interpretaba a su vez al náhuatl, con lo que tenemos un perfecto uso de la lengua pívot. Y parece ser que en el trayecto hasta Tenochtitlán, en tierras totonacas, llegó a haber algún que otro eslabón más. Pero no tardó Malinalli en aprender español y lo que no sé es dónde dejaría la pareja al pobre don Jerónimo.

Y la historia siguió su curso: intrigas, guerras, más guerras y alguna que otra conspiración, hasta llegar al culmen de su carrera, el encuentro entre Cortés y Moctezuma. El papel de  Malinalli en todo el proceso fue clave, aunque no sabremos nunca qué escondía su alma mientras acompañaba a Cortés. El mito construido en torno a ella ha hecho correr ríos de tinta, desde las tradicionales lecturas como vendepatrias, la madre violada y traidora consagradas por Octavio Paz en El laberinto de la soledad, hasta las revisiones chicanas y feministas para las que Malinalli Tenepal no tenía pueblo al que traicionar ya que fue vendida de niña y sencillamente usó su inteligencia y su habilidad para sobrevivir y escapar de la esclavitud.

Dejando de lado el debate sobre sus motivos y el mito construido en torno a ella que tanto pesa sobre México y pasando a asuntos más ligeros y relacionados con el gremio, de su historia se desgrana una fascinante carrera como intérprete con unos cuantos ingredientes más que jugosos, como el uso de lenguas pívot y la que sospecho sea la primera imagen de un chuchotage o interpretación susurrada de la historia. Me surgen además preguntas sobre los pormenores de su trabajo que nunca tendrán repuesta. ¿Pretendería de algún modo ser neutra en sus interpretaciones? ¿Qué llegaría de lo que ella interpretara a Jerónimo de Aguilar, y de este a Cortés? Durante el encuentro entre Cortés y Moctezuma, ¿le haría en algún momento el dignatario mexica algún comentario personal a Malintzin, alguna acusación? ¿O quizás intentara ganársela para su causa aprovechando que Cortés no les entendía? Me da tanta curiosidad que hasta me propongo leerme Malinche, de Laura Esquivel en busca de respuestas. Tanta admiración que hasta os planteo, colegas de profesión, una separación onomástica de los traductores, que ellos se queden con San Jerónimo y que nosotros la nombremos, aunque sea oficiosamente, patrona de los intérpretes. O por qué no, de traductores e intérpretes, porque retomando la visión más negra de nuestra predecesora, honraríamos el tan famoso dicho tradduttore, tradittore.

Blog de Carla Díaz Interpreting Solutions

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